
La Mano por el Pico.
Solíamos juntarnos a la tardecita después de la escuela, iniciábamos con el rito de la pisada para seleccionar a los jugadores de ambos equipos, el que llegaba a pisar primero el pie del contrario, ganaba el derecho a iniciar la elección, o sea a Lito, quien no quería tener a Lito en su equipo, era medio triunfo asegurado; luego seguían en este orden: el Indio Agüero, el único que le hacía roncha a Lito, aunque la mayoría de las veces con falta, posteriormente se elegían los arqueros, Cachito en un arco y Lalo en el otro, a esta altura ya todos opinaban sobre el resto de los pataduras que quedaban y cada uno era un técnico aconsejando al capitán, única voz autorizada a tal fin. Así que por un bando teníamos a Cachito, línea de tres con el Colorado Mercau, el Chivo Juárez y a la izquierda el Mormón Peña, en el medio campo, Pollito que era el hermano pataduras de Cachito siempre lo elegía de lástima y por que a su lado jugaba Lito y adelante estaban, el Zorrino Cuevas, el Porteño y el mellizo Pérez.
Por el lado de los que iban a jugar en cueros, que al perder la pisada ganaban el derecho a elegir arco, Lalo siempre elegía el que daba al paredón de la carpintería, así no tenía que ir muy lejos a buscar el balón toda vez que le pateaban; la defensa quedó armada con: el otro mellizo, Yo al centro y a la izquierda, Comemocos, al medio el Indio y el Tronco Peña, y adelante: Cuatro ojos, el Pesquero Ruso y Dedos gordos, dueño del fútbol.
Se jugaba a muerte, el premio para el ganador era la Coca, pero rara vez terminaban los partidos, era un secreto a voces que nadie tenía una chirola como para pagar en caso de perder, salvo Dedos Gordos pero como él ponía la pelota argumentaba que estaba exento, y siempre terminaba tomándose una naranjada, con dos o tres que elegía al azar y les obligaba a pasar la mano por el pico después del sorbito. Otra de las causas de interrupción del partido era cuando se agarraban a las piñas, el Zorrino y el Indio, parejito se daban como en la guerra, había bronca vieja, siempre quedaba la sensación que ganaba el zorrino, pero el Indio jamás arrugó y se encarnizaba hasta que lográbamos separarlos. Otra cuando uno de los mellizos que se marcaban mutuamente hacía un gol, se armaba un lío bárbaro, como la madre los vestía igual nunca sabíamos cual era el de nuestro bando y los muy turros no decían nada y todas las tardes terminaban siendo los goleadores.
Pero la única vez que nos uníamos todos era cuando alguna vieja tomaba el caminito en diagonal como atajo y cruzaban muy orondas de corner a corner meneando sus bolsitas de tela para las compras en esa época había que respetar a las viejas, porque si le decíamos algo, nos acusaban y en casa nos ponían en penitencia, salvo el Indio que como no tenía papá, su mamá trabajaba y su abuela era muy vieja como para retarlo, él si que solía gritarles. - “Dele vieja chueca”.
Lo que más bronca daba, en verano venían los mas grandes de los trabajos y nos corrían y se hacían un picadito ellos, era más lindo el invierno. Por ahí les faltaba uno y nos elegían a nosotros, era un honor pero siempre nos mandaban a atajar, porque a los grandes no les gustaba atajar y aparte ninguno sabía volar como los arqueros; nos quedábamos sentaditos en los ladrillos por si alguien se iba y podíamos tener la oportunidad de jugar con los grandes.
Nunca escuchamos la palabra discriminación, en el barrio la mayoría eran pobres, creo que no había ningún judío, los negros no eran tan negros como los de África, había rengos, sordomudos, muchos fallados, siempre nos reímos con ellos, siempre fueron uno más de nosotros, ellos conocían sus deficiencias físicas y no estaba mal burlarse un poquito de ellas.
A medida que fuimos creciendo la suerte de nuestros padres jugó a favor o en contra del futuro de todos nosotros; muy pocos logramos terminar el secundario, la mayoría después de séptimo grado aprendió un oficio y se pusieron a trabajar; la mayoría compraron terrenitos un poco más a la afueras del barrio, pero se quedaron en él, sus hijos siguen yendo a las mismas escuelas públicas que ayer fueron sus padres, mis amigos; algunos ya son abuelos, tan jóvenes.
Hoy después de tantos años nos volvimos a encontrar, unos están pelados, gordos, desdentados, vencidos, pero la palabra discriminación no existe en su vocabulario, siguen (seguimos) riéndose (nos) de todo y de todos, a mi sin ir más lejos, me toquetearon mis tetas nuevas y festejaron tener un amigo travesti, lo dicho, los chicos de mi barrio: Son DIVINOS.
Por el lado de los que iban a jugar en cueros, que al perder la pisada ganaban el derecho a elegir arco, Lalo siempre elegía el que daba al paredón de la carpintería, así no tenía que ir muy lejos a buscar el balón toda vez que le pateaban; la defensa quedó armada con: el otro mellizo, Yo al centro y a la izquierda, Comemocos, al medio el Indio y el Tronco Peña, y adelante: Cuatro ojos, el Pesquero Ruso y Dedos gordos, dueño del fútbol.
Se jugaba a muerte, el premio para el ganador era la Coca, pero rara vez terminaban los partidos, era un secreto a voces que nadie tenía una chirola como para pagar en caso de perder, salvo Dedos Gordos pero como él ponía la pelota argumentaba que estaba exento, y siempre terminaba tomándose una naranjada, con dos o tres que elegía al azar y les obligaba a pasar la mano por el pico después del sorbito. Otra de las causas de interrupción del partido era cuando se agarraban a las piñas, el Zorrino y el Indio, parejito se daban como en la guerra, había bronca vieja, siempre quedaba la sensación que ganaba el zorrino, pero el Indio jamás arrugó y se encarnizaba hasta que lográbamos separarlos. Otra cuando uno de los mellizos que se marcaban mutuamente hacía un gol, se armaba un lío bárbaro, como la madre los vestía igual nunca sabíamos cual era el de nuestro bando y los muy turros no decían nada y todas las tardes terminaban siendo los goleadores.
Pero la única vez que nos uníamos todos era cuando alguna vieja tomaba el caminito en diagonal como atajo y cruzaban muy orondas de corner a corner meneando sus bolsitas de tela para las compras en esa época había que respetar a las viejas, porque si le decíamos algo, nos acusaban y en casa nos ponían en penitencia, salvo el Indio que como no tenía papá, su mamá trabajaba y su abuela era muy vieja como para retarlo, él si que solía gritarles. - “Dele vieja chueca”.
Lo que más bronca daba, en verano venían los mas grandes de los trabajos y nos corrían y se hacían un picadito ellos, era más lindo el invierno. Por ahí les faltaba uno y nos elegían a nosotros, era un honor pero siempre nos mandaban a atajar, porque a los grandes no les gustaba atajar y aparte ninguno sabía volar como los arqueros; nos quedábamos sentaditos en los ladrillos por si alguien se iba y podíamos tener la oportunidad de jugar con los grandes.
Nunca escuchamos la palabra discriminación, en el barrio la mayoría eran pobres, creo que no había ningún judío, los negros no eran tan negros como los de África, había rengos, sordomudos, muchos fallados, siempre nos reímos con ellos, siempre fueron uno más de nosotros, ellos conocían sus deficiencias físicas y no estaba mal burlarse un poquito de ellas.
A medida que fuimos creciendo la suerte de nuestros padres jugó a favor o en contra del futuro de todos nosotros; muy pocos logramos terminar el secundario, la mayoría después de séptimo grado aprendió un oficio y se pusieron a trabajar; la mayoría compraron terrenitos un poco más a la afueras del barrio, pero se quedaron en él, sus hijos siguen yendo a las mismas escuelas públicas que ayer fueron sus padres, mis amigos; algunos ya son abuelos, tan jóvenes.
Hoy después de tantos años nos volvimos a encontrar, unos están pelados, gordos, desdentados, vencidos, pero la palabra discriminación no existe en su vocabulario, siguen (seguimos) riéndose (nos) de todo y de todos, a mi sin ir más lejos, me toquetearon mis tetas nuevas y festejaron tener un amigo travesti, lo dicho, los chicos de mi barrio: Son DIVINOS.

Exelente...tengo recuerdos de mis amigos del barrio tambien y se parecen bastante a los suyos...
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